Directores de pantalla pequeña

Autor: 
Daniel V. Villamediana

Existe hoy una generación de cineastas cuya cinefilia se ha formado viendo filmes en la televisión (DVD) o a través de Internet y no tanto en la gran pantalla. Este hecho, a priori, ha tenido una serie de consecuencias positivas, como que han podido acceder a películas que hasta hace diez años sólo podían verse en las filmotecas de las grandes ciudades, permitiendo así a quienes vivían en provincias tener una formación rica y actualizada.

Sin embargo, también se ha producido un efecto secundario. A diferencia de los cineastas de generaciones anteriores, cuyo ojo estaba habituado a la gran pantalla pues la mayoría de las películas que les formaron fueron visionadas en una sala de cine, cuando estos nuevos cineastas conciben, piensan, graban y montan un plano, su “ojo” (ese con el que visualizan e idean) está tan habituado a ver cine en pequeña pantalla que, finalmente, la configuración del plano se adapta al formato televisivo o de la pantalla del ordenador. Es por ello que muchas de estas nuevas películas funcionan igualmente bien visionadas en un televisor que en la gran pantalla, e incluso a veces mejor en el primero, en contraste con los trabajos de cineastas clásicos como John Ford, Orson Welles, Vittorio de Seta, Mizoguchi o cineastas en activo como Clint Eastwood, Spielberg u Oliveria.

Ya no se piensa el plano para la gran pantalla porque el ojo del nuevo cineasta no está hecho a ella (no en todos los casos pero sí es algo cada vez más generalizado). No concibe ni se plantea de qué modo una figura, una escena, una composición de plano o un encuadre, va a funcionar en la pantalla de cine. Su mundo, sus categorías visuales y de composición están ancladas en el ámbito de la pantalla televisiva y del ordenador (además, durante el rodaje habitualmente se limitan a mirar el plano en la pantalla de la cámara de vídeo o del combo, inventos hace veinte años inexistentes). Todo esto no es necesariamente un defecto, sino una realidad acerca de la cual los jóvenes cineastas no suelen reflexionar. El resultado es que en muchas ocasiones la exhibición en pantalla grande de estos filmes grabados en video digital y luego pasados costosamente a 35mm tiene únicamente el sentido de poder ser exhibidos comunitariamente en festivales o, con un poco de suerte, un par de semanas en una sala de cine comercial. Sin embargo, su medio natural es aquel mismo en el que se concibió: el DVD visto a través de un televisor o la exhibición a través de Internet. La proyección en la gran pantalla no ha dejado de ser un “agrandamiento” de la imagen, un estiramiento artificial para que más ojos puedan verla y para que el acto social y económico de ir al cine se siga sosteniendo.

Desde el punto de vista estético, estas películas tienen, más que una limitación, características distintas a aquellas otras creadas por cineastas formados en el cine proyectado en salas, cuyas imágenes logran su máximo esplendor, su más pura y adecuada expresión, cuando son vistas en el medio en el que fueron ideadas. Los planos generales fordianos no tienen sentido en una pantalla pequeña, donde viven constreñidos. No es lo mismo un plano general de J. Ford que un plano general pensado por un cineasta actual de veinticinco o treinta años. No se trata de que este sea mejor o peor que aquel, sino que pertenecen a un mundo estético que está bastante lejos de la cinematografía y mucho más cerca de la videografía. La pantalla de cine y la del televisor son espacios de visionado se suelen mezclar indistintamente, cuando en realidad tienen una naturaleza bastante distinta.

Todo ello hace preciso reflexionar acerca de la necesidad, especialmente en filmes de autor o documentales con aspiraciones no comerciales, de tener que pasar a 35mm películas realizadas y concebidas en video digital para ser exhibidas en salas comerciales, un lugar ajeno y opuesto a estos filmes. El concepto de estreno ha perdido su sentido para este tipo de cine, que puede ser visto tanto a través de la red, como en DVD o en un festival. Las distintas formas de ser visionado permiten que las películas se vean y se muevan en distintos ámbitos, siendo el estreno (para el tipo de cine del que estoy hablando, no para el decididamente comercial, cuyo medio debe seguir siendo el de las salas comerciales) un acto burocrático que cada vez tiene menos sentido. El recorrido de estos filmes es mucho más largo y rico justo cuando la película circula por festivales o por Internet que cuando se estrena, ya que normalmente apenas durante unas semanas en salas vacías. Por supuesto estoy hablando de un cine sin aspiraciones comerciales, que procede tanto de autoproducciones o de subvenciones del estado, y cuyo mayor gasto, mucho más que el de rodaje, suele ser pasar a formato cine para ser exhibido en salas comerciales. Sin embargo, surge un problema a la hora de poder mover estas películas de jóvenes cineastas realizadas en video digital sino se pasan a 35mm. Muchos festivales (no todos), y especialmente los más importantes, tanto en secciones para cortos como para largometrajes, sólo aceptan copias en 35mm para poder competir.

Esto supone un grave atraso respecto a la tendencia actual de la producción. Los festivales deberían plantearse que es necesario dar cabida a todos estos proyectos nacidos más allá del circuito convencional, permitiendo que lleguen a sus secciones oficiales obras cuya copia final sea digital. Del mismo modo las subvenciones estatales deberían ayudar a filmes que sólo se van a producir y exhibir en digital. Otro tanto sucede con las salas comerciales, inadaptadas tecnológicamente para la exhibición digital, salvo raras excepciones. Por ello, paralelamente, el camino cada vez más natural para este tipo de producciones es su exhibición a través de la red, donde estas películas pueden ser visionadas en el formato adecuado, siendo además su exhibición constante y accesible más allá de los soportes físicos. Un cine verdaderamente digital, intangible pero visible.

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